martes, enero 18, 2011
viernes, enero 07, 2011
Las emociones
El miedo, el enojo, la culpa, la envidia, la vergüenza, son emociones que todos conocemos y que alguna vez hemos sentido. Cuando no sabemos que hacer con ellas, cuando no hemos aprendido a ver qué problemas nos señalan y cómo resolverlos, se convierten entonces en puro padecimiento. Pero no es su único destino. Como en el plano físico, en el que cada órgano cumple una función específica y necesaria, en el universo emocional cada emoción cumple también una función de igual importancia.
Una emoción es energía. Ciertas emociones nos informan de lo que “tenemos”, como la alegría, la gratitud, la confianza o la solidaridad, y naturalmente son emociones agradables. Otras nos informan acerca de algo que nos falta, como la tristeza, el miedo, la envidia o la culpa. Estas emociones son, sin duda, dolorosas y por una confusión respecto a ellas las solemos llamar “negativas”, cuando en realidad no los son. Por el contrario, todas las emociones dolorosas son valiosísimas señales que nos remiten a problemas que estamos experimentando en ese momento. Por ejemplo, la envidia se define como un agudo dolor que es activado por la percepción de alguien que ha alcanzado algo que deseamos y no tenemos y que nos remite a nuestros propios deseos insatisfechos.
En este sentido podemos comparar a cada una de las emociones con la luz roja del salpicadero del automóvil que se enciende y nos indica que queda poca gasolina. Sin duda es desagradable y eventualmente doloroso encontrarse con la luz roja, sobre todo si estoy en medio de la carretera y desconozco dónde está la próxima gasolinera. Pero es necesario distinguir que el problema no es la luz sino lo que pone en evidencia: la falta de combustible.
La mente tiene un papel destacado en la gestión de nuestras emociones. Está en continua interacción con ellas y con frecuencia quieren cosas diferentes: “Quiero acercarme a tal persona y la mente me frena”… “Quiero mudarme de casa y la razón se opone”.
Los diálogos internos nos han hecho creer de forma errónea que entre mente y emociones existe un antagonismo natural. Y esta conclusión errónea complica aún más las cosas. Al no saber que hacer con las emociones, intentamos resolver los problemas que ellas nos presentan dominándolas o suprimiéndolas. Por ejemplo, estoy en una reunión de trabajo, me siento triste y tengo ganas de llorar. La mente inmadura dice: “¡cómo vas a llorar aquí… estás loco…! Siempre tú con tus necesidades extrañas… déjate de tonterías y presta atención a lo que dicen!”.
Sin embargo, la relación esencial entre la mente y las emociones es de complementariedad. La función de la mente es coordinar y posibilitar las emociones y éste es, precisamente, un rasgo de madurez. Cuando la mente ha alcanzado esa madurez, ante la situación del ejemplo anterior responde: “Llorar aquí es difícil, se te va a hacer todo más complicado. Te propongo irnos lo antes posible y que cuando lleguemos a casa llores todo lo que necesitas, ¿qué te parece?”. La mente madura reconoce la realidad del impulso emocional y lo respeta, evalúa las condiciones externas y sobre esa base propone algo. Propone pero no ordena.
Cuando padecemos una emoción dolorosa crónica eso nos indica una actitud inadecuada de la mente que evalúa la realidad, o al menos parte de ella, de forma errónea. Es entonces cuando transformar ese juicio se convierte en algo muy necesario. Por ejemplo, si tratamos siempre de reprimir nuestro enfado consecuencia de que deseamos ser tranquilos y seguros, la mente rechazará aquello que no coincide con nuestro ideal sobre nosotros mismos.
Nosotros somos tanto nuestra mente como nuestras emociones. Nuestro destino “psicológico” dependerá de la relación que establezcamos entre ellas: podrá ser un camino en el que predomine la insatisfacción y el sufrimiento o, por el contrario, un camino que recorramos tranquilos, aprendiendo y con la paz emocional que produce el sentirnos sabia y amorosamente respaldados (por nosotros mismos).
El Miedo - Autoasistencia - Dr. Norberto Levy
El Enojo - Autoasistencia - Dr. Norberto Levy
La Culpa - Autoasistencia - Dr. Norberto Levy
La Exigencia - Autoasistencia - Dr. Norberto Levy
La Envidia - Autoasistencia - Dr. Norberto Levy
El perdón - Autoasistencia - Dr. Norberto Levy
Parte I - Introducción a la Autoasistencia Psicológica - Dr. Norberto Levy
Parte II - Introducción a la Autoasistencia Psicológica - Dr. Norberto Levy
domingo, diciembre 05, 2010
Las 10 mejores técnicas de Richard Wiseman para tener “suerte” en la vida
1. El más importante: para dar un impulso significativo a tu felicidad, fuerza en tu rostro una sonrisa, y mantén la expresión durante 20 segundos.
2. Combate los sentimientos negativos.
3. Paga por experiencias, no por objetos. Ve a conciertos, películas y restaurantes inusuales o raros: te darán la oportunidad de hacer cosas con otros, o de contárselo después a otros.
4. No vayas siempre de vacaciones al mismo sitio.
5. Para reducir el consumo de alcohol, usa vasos altos y estrechos; para reducir la ingesta de comida, usa platos pequeños, coloca un espejo en la cocina y mantén un “diario” ó “cuaderno de bitácora” de tus comidas.
6. Te será de ayuda para lograr tus objetivos, el contárselo a otros: amigos, familiares, compañeros.
7. Para que su relación se mantenga, recuerde equilibrar cada comentario negativo dando cinco positivos.
8. Toma un camino diferente de vez en cuando para ir y volver del trabajo.
9. Llevar un estilo de vida que favorezca que sucedan cosas positivas.
10. Mantente abierto/a ante las oportunidades que nos rodean
jueves, agosto 19, 2010
¿Cómo podemos cambiar un hábito?
Cuando estamos aprendiendo algo nuevo, todos tenemos que pasar por cuatro
etapas:
1. Inconscientemente incompetente. No sabemos cómo hacer algo y tampoco nos preocupa (por ejemplo, no puedo conducir un coche y nunca me puse a pensar en ello).
2. Conscientemente incompetente. Comenzamos a aprender algo nuevo pero nos damos cuenta que es más difícil que lo que pensabamos. Nos sentimos irritados en esta etapa porque no podemos hacerlo (por ejemplo, sabemos lo que se supone que es conducir un coche pero no somos capaces de conducir).
3. Conscientemente competente. Ya sabemos cómo hacer algo, pero todavía tenemos que
concentrarnos para hacerlo correctamente (por ejemplo, acabamos de pasar su examen de conducir y puedo conducir, pero estamos todavía muy concentrados para no cometer errores y todavía bastante nerviosos).
4. Inconscientemente competentes. Somos tan hábil que no tenemos que pensar
acerca de lo aprendido (por ejemplo, conducimos todos los días sin prestar atención a ello En lugar de eso podemos pensar en la próxima reunión del equipo o lo que nos gustaría comer
para el almuerzo).
Así que el primer paso es calcular dónde nos encontramos en las diferentes etapas de cambio o retos y , a continuación, crear un plan específico que nos ayude a alcanzar el estado inconscientemente competente.